El ultimo hombre en la Tierra

Reina el silencio en este oscuro lugar
Nada es eterno, todo llega al final
Tan solo se que busque y que busque…
Lo que este mundo me duele y me da
Para que tú no llores
Antonio Carmona
Ya era imposible manejar la barca, mis manos agarraban los remos con fuerza, pero ya no había sangre en ellas que las hiciese funcionar con normalidad, todo era un témpano de hielo. Mi cuerpo, tan salado y mojado como la propia mar, contrastaba con el ardor que sentía en cada uno de mis músculos.
Estaba a punto de rendirme, de dar media vuelta, de dejar ese futuro horrendo del que no sabia si saldría vivo y volver al horror que ya concia; al del hambre y los pájaros de hierro. Pero mis plegarias fueron escuchadas y divise tierra. A unos kilómetros, el horizonte separaba la mar y el negro cielo en una línea rocosa que parecía no tener fin. De pronto el frió, el hambre y todos los males que había sufrido durante esas semanas desaparecieron, hasta mis brazos cobraron vigorosa fuerza para intentar llegar hasta la orilla, aunque en ello me fuera la vida.
En cuanto mis pies pisaron la fina arena de esa desconocida playa la hice mía, la conquiste en mi corazón y jure que pasara lo que pasara, seria mi nuevo hogar.
Pronto las extrañas gentes de aquel lugar me auxiliaron y me llevaron a su poblado, muy cerca de la playa. Hablaban un dialecto parecido al mío, aunque pronunciado mucho mas rápido. Portaban extrañas pieles sobre sus cuerpos y vivían en árboles gigantescos con orificios, pero extrañamente desprovistos de ramas y hojas. Aunque me resistí a hacerlo a mí también me cubrieron con esas pieles, añore las redes de hojas con las que entrábamos en calos en mi isla.
Me dieron extraños manjares para que comiera algo y dulces bebidas, después me llevaron hasta el que parecía su lider.
- Bienvenido seas extranjero – dijo el Rey
En ese instante y como manda la tradición deje a un lado el manto que me cubria y lo salude con una reverencia.
- Gracias por acogerme en este gran poblado…
- ¡Por dios! – grito el Rey - ¡cúbrase hombre, que cubran a este hombre!
- Pero – dije extrañado – en mi pueblo no estamos acostumbrados a ir cubiertos, señor, solo al dormir en invierno, el resto del tiempo vamos sin… pieles.
- ¡Pero en este país no, por Dios, y menos en presencia del Rey!
Un joven subordinado salio veloz de una esquina y volvió a cubrirme con las pieles.
- Pero señor es incomodo para mi, nuestras leyes...
- !Déjate de leyes, ahora te regirás por las nuestras… y aquí la gente decente va vestida!... bueno – dijo calmándose – ¿de donde vienes, que nombre tiene tu país?
- No tiene nombre señor, es una isla, pero…
- ¿Una isla sin nombre? – dijo - ¿Quién es tu rey, quien os gobierna?
- No tenemos gobierno señor.
- ¿Ni leyes? – dijo levantándose – !postrareis vuestras almas a la divinidad de Dios, espero!
- No tenemos mas que nuestra conciencia, señor…
- ¡Infiel! - grito – ¡no blasfemes en mi presencia! – rumio unos segundos y después siguió gritando - ¡a partir de ahora aprenderás nuestras leyes, nuestras costumbres y nuestra religión, si quieres permanecer con nosotros!... nada de eso de ir desnudo por la calle… ¡Donde se ha visto!
- Pero…
- ¡Y ordeno que hemos sido elegidos… – chasqueo sus dedos y otro sirviente, provisto de unas extrañas hojas marrones muy grandes y de un palo que mojaba en un liquido negro, apareció por una de las esquinas - !por ello ordeno, en edicto presidencial, que nuestra divina e impuesta misión es viajar hasta esa isla y recoger a ese rebaño de infieles descarriados!
Nada mas dijo esto todo aquel pueblo se movilizo, recogieron víveres y los metieron en barcas enormes, metieron más pieles y animales grandes y pequeños. Mujeres, ancianos, niños, guerreros y el propio rey partieron hacia el mar. Todos, no quedo ninguno.
Ni siquiera me dijeron adiós, creo que se olvidaron de mi presencia en cuanto comenzó aquel despliegue.
- ¡Partamos pues por orden de Dios! – gritaba el Rey comandando la expedición
Poco después desaparecieron de mi vista. Recorrí ese extraño pueblo y comprobé lo que me temía, estaba solo. Me tumbe en la playa a descansar y a observar el cielo limpio de nubes y ausente de pájaros de hierro que atormentaban mi isla y que provocaron mi huida... mataban a todo ser viviente, pero yo, solo yo, conseguí escapar. Esas gentes no volverían de mi isla.
Estaba solo.

0 Comments:
Post a Comment
Subscribe to Post Comments [Atom]
<< Home