Wednesday, January 31, 2007

El Hombre de Sal


Vivimos como soñamos, solos.
Joseph Conrad (1857-1924) novelista británico

Cuelgo el teléfono y lo arrojo a la cama. Vota varias veces por ella como si de un crío suelto en una atracción de feria se tratase. Parece contento, parece gritar y saltar de felicidad por descansar al fin después de servirme, tanto a mí como a mis gritos, durante casi una hora.
Salgo por la puerta y en mi camino agarro alguna clase de ropa de abrigo, no se que es, un suéter o una cazadora, ni siquiera me fijo. Se que fuera hace frío, pero abrigarme no esta en las prioridades que manejo en este segundo.
Tampoco lo esta coger las llaves.
Simplemente salgo, con un portazo. No me importa otra cosa que evitar ese rectángulo de ladrillo que me asfixia, en el que no voy a parar de dar vueltas, de recorrer su largo y su ancho. ¿Dormir? No, creo que jamás volveré a dormir.
Fuera hace frío, es invierno, pero sigo llevando el suéter en la mano. Camino despacio, a veces corro, y en ocasiones mi paso es tan lento como el tiempo en una noche cerrada y ausente de vida. En calles vacías, en carreteras secas, en corazones silenciosos, en todos ellos parece que no existe el tiempo. Yo no tengo prisa. No se que hora es.
Recorro las avenidas mirando al suelo, creo que cuento cada línea, cada mancha... y a la vez tengo la sensación de tener la mente tan vacía que me parece que ya no se ni como se habla.
Doy gracias a que la avenida es en línea recta, por que no creo poder callejear, al menor impedimento creo que no seguiré, me quedare quieto. Solo y gracias a un extraño instinto de supervivencia me detengo bajo la luz roja de un cruce.
Tardo un día entero o varios minutos, no importa, pero llego al mar. Me detengo e inspiro. Su fresco aroma me renueva y me limpia el alma. No me detengo. Aun no.
Doy un rodeo, sin cambiar de velocidad pero si con la decisión de tener cerca el final de tu camino. Un final que me es impuesto, por que el mar amuralla mi ansia de seguir andando hasta el fin del mundo.
Noto la arena bajo mis pies y me doy cuenta de que no llevo zapatillas, de que mis pies desnudos han recorrido con migo todo el camino. No me importa, ahora descansan como yo.
Me siento en la arena. Más bien me dejo caer. No veo nada, la oscuridad de la noche lo envuelve todo. No veo el mar pero se que esta hay, porque me susurra. Me doy cuenta que en toda la noche, en todo mi recorrido, no he oído ningún ruido. El siseo de las olas se me antoja mágico.
No hago nada, la quietud es una droga. La arena me adopta, la pequeña brisa le ayuda y se posa sobre mi, sobre mis piernas. Parece como si no hubiera llegado allí, más como si del interior de la tierra mi cuerpo hubiera brotado.
La noche se retira tan despacio que parece no querer hacerlo.
El día llega, tan despacio que parece no querer hacerlo.
No percibo el calor, como no percibía el frío de la noche.
La brisa se despierta y bosteza. Su fuerza me deshace en arena.
Estoy vacío.
No hay nada que pueda hacer pero tampoco deseo evitarlo. Mis manos y brazos, mis pelo, mis piernas, mi cara, todo sucumbe a la brisa como si mi cuerpo fuera de sal.
Voy hacia la orilla y el mar me recoge, poco a poco, sin prisa, como un anciano que realiza una tarea miles veces repetida. Miro hacia atrás y en la playa, allá donde mi cuerpo descansaba, tan solo queda mi ropa.
Y luego, cuando me sumerjo, solo hay silencio. Un silencio en el que, para mi agrado, tampoco existe el Tiempo.

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