¿No queremos ver o no queremos mirar?
Fue una mañana fría, lluviosa. No habían colores en las calles, su ausencia proclamaba vencedor a un tono grisáceo que, durante semanas, llevaba apoderándose de la totalidad de la ciudad, otorgándole a cada ser, a cada cosa, a cada árbol o edificio, un tono de tristeza que acallaba la alegría, que mataba la esperanza.
Esa mañana como otra cualquiera, en una ciudad como otra cualquiera, un hombre, un arrugado anciano, hizo un gran descubrimiento. Un hallazgo que creyó un milagro, aunque tal cosa no le trajera más que desgracias, su invisibilidad le fascino.
Como casi todos los días al levantarse intento entrar en calor. Hacia ya varios días que su actividad se basaba en dormir y combatir el frió, pero esa mañana le venció la necesidad y, decidido, emprendió la caminata.
Ocurrió caminando, mientras avanzaba encorvado y agarrado a su abrigo, evitando que cualquier corriente le recorriera el cuerpo. Con la mirada fija en el suelo, tropezó con alguien. Inmediatamente alzo la vista y se disculpo, pero aquel personaje, que ya se alejaba, ni siquiera se giro. No lo había visto y ese pequeño incidente parecía no haber tenido lugar. En un primer momento el anciano pensó que aquello era del todo normal, sobre todo en el estrés de la gran ciudad. Pero en la frutería, el kiosco y el resto de comercios ocurrió lo mismo. Nadie parecía hacerle caso, nadie perecía verlo… ¿Cómo era posible? Su reflejo estaba hay, existía al menos, en los escaparates… en las sombras provocadas por las farolas.
Decidió experimentar y se fue de frente contra una señora mayor, bien vestida y excesivamente enjoyada, que en se momento pasaba. Se detuvo justo delante y le corto el paso. Pero como si en vez de un hombre se tratase de una de las frías corrientes de aire que esa oscura tarde recorrían las calles, la señora no hizo más que perder su serio semblante en los escaparates y ajustar el cuello alto de su abrigo, ocultando casi la mitad de su rostro.
Era la prueba que necesitaba. Era cierto, nadie podía verlo. Al principio pensó que todo seria ventajas, pero si nadie lo veía, ¿Cómo podría pedir la comida o hablar con la gente? Oculto bajo todos esos pensamientos no se dio cuenta de que se había perdido, en un barrio que no conocía. Preguntaba, pero nadie le escuchaba, nadie le indicaba el camino para retornar a su casa, al calor de su hogar. Intento comer algo pero las puertas estaban cerradas, ya era muy tarde. Mientras la oscuridad, la soledad y el frío, se aliaron para llevarlo a un rincón y acunarlo. Le mintieron y le dijeron que pronto pasarían sobre el, que pronto amaneciera, sano y salvo… y mientras se dormía, se lo llevaron.
Al día siguiente volvió ser visible.
Para un cadáver sin familia, para un hombre solo que murió solo, no hubo funeral. Las únicas palabras de alivio, de descanso, de viaje hacia la vida eterna que podría haber pronunciado algún sacerdote en un vacío funeral, fueron pronunciadas por un medico forense, con el cuerpo de ese hombre desnudo sobre una plancha de metal. Un funeral tan frío como su muerte.
La grabadora se puso en marcha.
- Varón de unos sesenta años. Hora de la muerte cuatro de la madrugada, aproximadamente. Causa, hipotermia, por bajas temperaturas. Sin familiares y domicilio conocido. Nombre o nacionalidad desconocidos. Posiblemente y sin lugar a dudas, por las ropas que traía y las circunstancias se trate de un vagabundo. Fin del primer examen.
Después, y como si de un nuevo milagro de tratase, aquel anciano, de nuevo, volvió a convertirse en un ser transparente, invisible.
Esa mañana como otra cualquiera, en una ciudad como otra cualquiera, un hombre, un arrugado anciano, hizo un gran descubrimiento. Un hallazgo que creyó un milagro, aunque tal cosa no le trajera más que desgracias, su invisibilidad le fascino.
Como casi todos los días al levantarse intento entrar en calor. Hacia ya varios días que su actividad se basaba en dormir y combatir el frió, pero esa mañana le venció la necesidad y, decidido, emprendió la caminata.
Ocurrió caminando, mientras avanzaba encorvado y agarrado a su abrigo, evitando que cualquier corriente le recorriera el cuerpo. Con la mirada fija en el suelo, tropezó con alguien. Inmediatamente alzo la vista y se disculpo, pero aquel personaje, que ya se alejaba, ni siquiera se giro. No lo había visto y ese pequeño incidente parecía no haber tenido lugar. En un primer momento el anciano pensó que aquello era del todo normal, sobre todo en el estrés de la gran ciudad. Pero en la frutería, el kiosco y el resto de comercios ocurrió lo mismo. Nadie parecía hacerle caso, nadie perecía verlo… ¿Cómo era posible? Su reflejo estaba hay, existía al menos, en los escaparates… en las sombras provocadas por las farolas.
Decidió experimentar y se fue de frente contra una señora mayor, bien vestida y excesivamente enjoyada, que en se momento pasaba. Se detuvo justo delante y le corto el paso. Pero como si en vez de un hombre se tratase de una de las frías corrientes de aire que esa oscura tarde recorrían las calles, la señora no hizo más que perder su serio semblante en los escaparates y ajustar el cuello alto de su abrigo, ocultando casi la mitad de su rostro.
Era la prueba que necesitaba. Era cierto, nadie podía verlo. Al principio pensó que todo seria ventajas, pero si nadie lo veía, ¿Cómo podría pedir la comida o hablar con la gente? Oculto bajo todos esos pensamientos no se dio cuenta de que se había perdido, en un barrio que no conocía. Preguntaba, pero nadie le escuchaba, nadie le indicaba el camino para retornar a su casa, al calor de su hogar. Intento comer algo pero las puertas estaban cerradas, ya era muy tarde. Mientras la oscuridad, la soledad y el frío, se aliaron para llevarlo a un rincón y acunarlo. Le mintieron y le dijeron que pronto pasarían sobre el, que pronto amaneciera, sano y salvo… y mientras se dormía, se lo llevaron.
Al día siguiente volvió ser visible.
Para un cadáver sin familia, para un hombre solo que murió solo, no hubo funeral. Las únicas palabras de alivio, de descanso, de viaje hacia la vida eterna que podría haber pronunciado algún sacerdote en un vacío funeral, fueron pronunciadas por un medico forense, con el cuerpo de ese hombre desnudo sobre una plancha de metal. Un funeral tan frío como su muerte.
La grabadora se puso en marcha.
- Varón de unos sesenta años. Hora de la muerte cuatro de la madrugada, aproximadamente. Causa, hipotermia, por bajas temperaturas. Sin familiares y domicilio conocido. Nombre o nacionalidad desconocidos. Posiblemente y sin lugar a dudas, por las ropas que traía y las circunstancias se trate de un vagabundo. Fin del primer examen.
Después, y como si de un nuevo milagro de tratase, aquel anciano, de nuevo, volvió a convertirse en un ser transparente, invisible.


2 Comments:
Vaya... Rafa... precioso tío... uno de los mejores relatos que te he leído.
Deberías escribir más cuentos cortos, de este tipo. Con ellos despuntas!!!
Felicidades!
Felices fiestas exiliado!!
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