Friday, October 20, 2006

Un Año, Un Dia, Una Hora y Un Deseo


Japón 1945

Hairo se despertó con todo su largo y oscuro cabello enmarañado y enredado sobre su blanquecina tez, como en los peores días de viento. A sus diez años disfrutaba de un pelo largo y sano que era la envidia de todas sus amigas y enemigas de clase. Y al que cada día dedicaba un par de horas a su cuidado.
Se levanto de un salto. Sus pies desnudos resbalaron por la madera que daba vida a la casa al saltar corriendo de la cama presa de la inmensa felicidad que la inundaba esa mañana. Su abuelo visitaba la ciudad. Por fin vería de nuevo a su “contador de historias”como ella lo llamaba. ¡El abuelo Masato! En cada visita su abuelo le traía una historia diferente y a cada cual mas bella. Apuestos samuráis, bellas geishas, seres fabulosos, malvados emperadores... por un tiempo, antes y después de la esperada visita se olvidaba de la guerra y las sirenas, que aunque lejanas a su ciudad templaban el ánimo de todos.
Su abuelo era bastante mayor y aun así tres o cuatro veces al año visitaba a su hija y a sus nietas viajando, andando, desde el pueblo hasta la ciudad. Gozaba de una buena salud. Una salud estupenda, teniendo en cuenta que ya tenía noventa años.
Era muy pronto y el abuelo no había llegado. Hairo tuvo que lavarse y desayunar antes de trabajar. Ya que no había colegio, las autoridades habían cerrado las escuelas, al menos hasta que se calmaran las alarmas, Hairo ayudaba en casa con las tareas diarias.
Era ya medio día cuando, estando en el porche, se incorporo dejando el trabajo que la mantenía agachada y ocupada con un manojo de flores para respirar el bello aroma del aire y estirar su espalda. Su abuelo siempre le decía que en una gran inspiración se podía respirar todo Japón.
Y así lo hizo y junto a todos lo aromas; de comida, de flores, de caballos o de algún motor que cruzaba la ciudad… percibió algo familiar que la hizo abrir de repente sus grandes y azules ojos para descubrir que no se había equivocado, que su abuelo estaba en frente de ella, con los brazos abiertos, esperando el momento del gran salto.
Y el momento se produjo, Hairo salio corriendo y a punto estuvo de derrumbar al pequeño anciano.
El anciano, casi en los huesos resistió el embiste y agarro con fuerza a la niña, cerrando sus brazos y llevándola hacia el.
Siempre lloraba, siempre de alegría al volver a ver a su única nieta.

- ¿Como esta mi tesoro? ¡Cada vez mas grande y que pelo mas hermoso!

Como cada vez que su abuelo la visitaba, después de dejarlo para que reposara de su largo viaje, Hairo lo agarraba del brazo y lo llevaba a pasear por el centro de la ciudad. Allí veía a sus amigas y el abuelo se reencontraba con viejos conocidos. Se sentaba y tomaba algo caliente y desde donde se hubieran tomado asiento contemplaba la vida del pueblo. El abuelo Masato disfrutaba de esa rapidez, de ese estrés que veía como raro al estar casi todo el año alejado de el. Algunos coches, en los que jamás se subiría, la gran cantidad de bicicletas, las señoras mayores lo niños correteando de un lado al otro. ¡Y que cantidad de niños, cada vez que visitaba el pueblo habían mas! la ropa tendida en los balcones, los comercios ricos en clientes, en conclusión la vida que solo soportaba un par de veces al año. Y que en esa temporada trascurría ajena a todo.
Todas las amigas esperan también el momento en el que el abuelo de Hairo la visitaba, ellas también eran participes, en ese rato que el anciano visitaba la ciudad, de sus historias de sus vivencias, pero el nuevo cuento, el cuento que traía en su imaginación ese día desde el pueblo, ese solo era para su nieta. Tal vez algún día, dentro de dos o tres visitas más, lo contaría a sus amigas, tal vez.
Cuando el sol empezaba a morir regalaba una pintura ocre a todas las casa de madera a todos los edificios de cemento, a todas las ropas, a todas las caras. Ese era el momento. No en otra hora del día ni en otras condiciones climatológicas, puesto que si el sol no podía verse o estaba lloviendo, el mágico ritual no podía llevarse a cabo. Hairo temía las temporadas de tormentas, pero por suerte para ella, para los cuentos y para la salud del abuelo, este no viajaba en esa época del año.
Se alejaron del centro para encontrar un paraje mas alejado, su paraje, una ladera desde donde se veía con absoluta claridad el atardecer. Se quedaban solos, sus amigas, creyendo que el tiempo de contar y escuchar había acabado, se marchaban a sus casas.
Sentados en la hierba respaldados y cobijados por un gran roble tan viejo como el abuelo, con toda la atención de Hairo puesta en las palabras de su abuelo, la historia comenzó.

- En cierta ocasión – la piel de la niña se torno rugosa por un segundo – muy, muy lejos de aquí, mas allá de las montañas y mas allá del fin del mundo – apunto estuvo de replicar Hairo, y exponer lo que había aprendido en la escuela sobre el globo terráqueo, pero no quiso molestar a la imaginación del abuelo ni a la de ella misma – allí donde los mundos flotan en un abismo y grandes aves de grandes plumas ayudan a cruzar de reino en reino, vivía una pequeña, pequeña niña, la única heredera de un reino entero, de una fortaleza inmensamente hermosa. Esta niña, al haberse quedado sola tras la muerte de sus familiares tras un horrible hechizo, dejó en descuido el bosque y los jardines que rodeaban la casa. No pudo más que dejarlos crecer, puesto que ella, tan pequeña, no podía trabajar todo el día cortando y segando, y aun así, cuando cortaba por un lado intentando rebajar la maleza, por el otro los matojos crecían con más fuerza. Desistió y dejo hacer a la hierba. Poco después el bosque, convertido en selva, oculto el castillo y lo enterró en la oscuridad.

- ¿Y que paso después, que paso?

- Paciencia Hairo... déjame tomar aire.

- ¡Pero date prisa, mira el sol! pronto se pondrá – señal de la conclusión del cuento

- La niña – prosiguió el anciano sonriendo – la joven princesa, se hizo mujer. Sola, pasaba las noches leyendo y releyendo los viejos libros de la biblioteca del castillo... pero una noche... o un día, era imposible saberlo con tanta hierba sobre su cabeza, oyó ruidos fuera del castillo y decidió ir y ver que ocurría, si era cierto que estaba oyendo voces o era su imaginación que le jugaba una mala pasada. Salió con sigilo, con cautela. Esquivó las malas hierbas y las espinas como solo ella sabía hacer, como hacía desde niña. Avanzó hacia unos de los pocos claros que el bosque había respetado. Las espesas ramas habían creado un techo artificial sobre una vieja e inservible fuente de piedra. Miles de veces había andado hasta allí con un libro entre las manos a leer apoyada en la vieja roca. Y allí estaba la fuente, como siempre... pero había alguien más. Un cuerpo de un ser humano yacía en el suelo – el pequeño cuerpo de Hairo se estremeció – el techo de ramas estaba roto y miles de ellas, junto a cientos de hojas, acompañaban al cuerpo sobre el suelo. Cuando la joven decidió echar a andar hacia el joven, que tal vez herido necesitaría socorro, este comenzó a moverse. Ella se detuvo en seco y no dejo de observarlo. Poco a poco aquel hombre comenzó a levantarse y a espolsarse la tierra de encima. Cuando retiró el largo cabello de su cara quedó al descubierto el bello rostro de un joven. Pocos rostros como ese había visto la princesa, tan solo en ilustraciones o grabados de sus libros... pero esos ojos eran más bellos que ninguno de esos dibujos, que además, pensó, estarían exagerados por sus artistas.
Pero no tubo tiempo para nada mas, una larga cuerda cayo del cielo y el joven se agarro a ella. Ella despidió con la mirada al primer ser vivo que había visto en años mientras este se alejaba de ella. Justo después de salir por el orificio que su caída había creado, la selva, ese espeso bosque, se rehizo y volvió a tapar el orificio. Nadie diría que allí había ocurrido algo, por que no quedaba ya rastro alguno de ello, salvo las lágrimas de la joven princesa. Lloró y lloró sin descanso, se sintió desgraciada y pensó que así, sola, acabaría sus días en aquel castillo. Ningún pájaro que podría llevarla a un mundo habitado atravesaría jamás esas ramas. Fue entonces cuando el libro que estaba leyendo y que apenas había empezado, (un libro nuevo alojado durante años al fondo de una oscura estantería y encontrado por la princesa esa misma mañana) se le escurrió de las manos y fue a caer al suelo. Abierto frente a ella le mostró el dibujo de un hermoso dragón de fuego, que reclamado desde el corazón, desde el fondo de un espíritu libre y sin la menor malicia en su interior, acudía a cumplir tan solo un deseo de quien lo reclamara. Leyó esa historia una y otra vez, allí sentada lo memorizo y deseó, deseó durante horas esa ayuda, para volver a ver esos ojos. Ese fue su deseo.

- ¿Y llego el dragón? – dijo Hairo entusiasmada

- ¿Es tarde Hairo, seguimos mañana?- una pregunta de la que ya conocía respuesta.

- ¡No!, un poco mas... porfa....

- Está bien – sonrió observando el ya inexistente atardecer – allí permaneció, sentada con los ojos cerrados y la mente en el corazón, durante horas, durante días. No importo el frío, ni la lluvia... allí permaneció. Pero un ruido la despertó, un rugido que parecía un aullido continuo. Cuando cesó llego otro aullido más fuerte. Después silencio hasta que un temblor que crecía poco a poco la hizo levantarse y observar a su alrededor. El temblor, cada vez más fuerte hizo que los pájaros salieran huyendo y las piedras del suelo temblaran de miedo. De repente todo se volvió silencio. Ni siquiera los latidos de su corazón eran perceptibles... y entonces lo vio – la atención de Hairo era completa – primero fue un destello rápido, luego una luz leve que se filtro entre las miles y miles de ramas. Después la luz creció en intensidad y el perfil de un dragón de fuego se vislumbro entre las ramas. El cuerpo de llamas rodeo el claro y las ramas, las espinas los árboles se apartaron asustadas. El dragón, primero rojo luego amarillo y luego de mil colores de fuego, se coloco frente a la joven y con solo mirarla a los ojos supo su deseo. Segundos después se la llevo de ese oscuro mundo.

Hairo quedo extasiada. Los ojos le brillaron de emoción con el apasionante final de ese cuento, uno de los mejores que jamás le había contado su abuelo. Durante todo el camino de vuelta a casa no paró de preguntarle a su abuelo como continuaba el cuento, que pasaba luego, el no paraba de decir que esa era otra historia, para otro día.
Esa noche Hairo no casi no durmió ¿que pasaría si ella deseara tanto atraer al dragón? ¿Vendrá? y si lo llegaba a tener delante ¿que deseo pediría?
Esa noche la pasó en vela. Deseó y deseó que el dragón la visitara, hasta que se quedo dormida cansada de tantas emociones.
Todas las noches ocurría igual, no se dormía hasta que el cansancio la hacia cerrar los ojos, mientras deseaba y deseaba.
Fue una mañana, mientras dormía. Un aullido la despertó. Un lejano sonido que emergía junto al amanecer. Abrió los ojos de repente con un solo pensamiento en la cabeza.
Rápidamente se puso algo encima y después de mirar por la ventana y atisbar el horizonte se dirigió corriendo a la azotea. Desde su habitación no advirtió nada raro.
Cuando llegó a lo mas alto de la casa el rugido había cesado y pensó que tal vez se había equivocado. Cabizbaja comenzó a andar de vuelta a la cama. Pero unas pequeñas piedras que temblaban en el suelo alejándose de ella llamaron su atención.

- El dragón - susurró nerviosa

Levanto la vista. Observó como los pájaros huían del lugar y el silencio se hacia dueño de toda la ciudad.

- El dragón viene a por mi... – se dijo entusiasmada.

Una sombra la sobrevoló, pero no se fijó. Atendía al horizonte, buscando la luz.
La vibración se hizo más fuerte y llamo su atención. Atrás suyo. Se giró y lo vio. Un destello, pequeño, sutil. Después creció y creció. Era hermoso era mágico. Su abuelo no lo iba a creer. Vio el fuego venir hacia ella y entre las llamas creyó ver dos ojos rojos que la observaba.
Y mientras Hairo pensaba su deseo, otras niñas, otras gentes de diferentes edades, diferentes sexo y diferentes ocupaciones asistían estupefactas y horrorizadas al final de una época, al final de una guerra.
En la explosión de la bomba atómica de Hiroshima, Hairo era la única niña que permanecía con los ojos cerrados y con una expresión diferente al de las otras personas.
Ella era la única que sonreía pidiendo un deseo.
Un bellísimo deseo.

2 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Bonita forma de relatar una fecha, un instante y un hecho difíciles de olvidar.
¿Me perdonas si ahora mi comentario no tiene nada que ver con el relato?
Soy Covi de AEN y quería preguntarte si te llegó el email que envié a tu dirección comentando dónde podías enviar los libros para el proyecto Cervantes viaja a Bangkok ¿Lo recibiste?
Gracias.

6:21 PM  
Blogger rafa said...

no me llego. te recuerdo mi mail
rafa_p_m@hotmail.com
gracias por tu comentario sobre la historia de Hairo.
saludos!

1:17 AM  

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