Cuando la madurez aun duerme, somos grandes Magos

Cuando cumplí ocho años mi padre y yo decidimos que ya tenía edad para llevar al colegio material escolar como las niñas mayores.
Esa noche no puede dormir, me pasaba siempre que me ponía nerviosa, con algún viaje o alguna excursión… A la mañana siguiente, que era sábado, desperté a mi padre dando saltos en su cama y moviendo las sabanas hasta que se fue directo al baño a mojarse la cara. Era súper pronto o eso creía, aunque si hubiera tenido alguna duda la voz de sueño y el careto de mi papi me lo demostró en cuando lo vi aparecer por la cocina.
Mi madre se había marchado hace un año más o menos de viaje al extranjero, solo podía comunicarme con ella por correo electrónico. Mi padre me ayudaba a redactar los mensajes. La noche anterior escribimos uno en el que le daba la noticia del día de compras que teníamos por delante al día siguiente y que por la tarde nada mas volver le escribiría otro mensaje para contarle todo con miles de detalles.
Ella siempre me respondía al día siguiente, aunque los fines de semana se demoraban un poco y sus correos llegaban el lunes o martes, siempre me decía lo mucho que me quería y yo siempre me despedía diciéndole que la echaba mucho de menos.
Mi padre se empeño en pasar de los centros comerciales abarrotados de orangutanes con un carro entre las manos, como el los llamaba, y me llevo a una gran papelería del centro, en la que además trabajaba un viejo conocido del abuelo. Después de presentarnos y de decirme que me parecía a mi papa, nos enseño su tienda.
¡Cuantas cosas! Aquello era inmenso! Jamás podríamos verlo todo en una mañana. Cada sección estaba repleta de cosas, libretas, mochilas, ropa, lápices, bolis, todo con infinidad de colores y dibujos. En una sola mirada distinguí las mochilas que mas se veían en los cursos superiores, las que estaban de moda en ese momento.
Ojala mama hubiera podido estar allí con migo, hubiera estado tan entusiasmada como yo y de la mano habríamos tardado años en recorrerlo todo. Papa era mas o menos lo contrario… bueno, era papa. No se solía agobiar e ir con prisas, así decía que lo veía todo mejor, además aseguraba que ya tenia bástate estrés en el trabajo. Y me prometió que volveríamos el sábado siguiente si hacia falta.
Un par de horas mas tarde ya tenía la mochila, un estuche, toda clase de reglas, un compás, calculadora… pero me faltaba lo más importante, unos bolis de impresión.
El amigo de papa nos acompaño a la sección de escritura y empezó a enseñarme uno a uno los mejores que tenia. En ese instante el móvil de mi papa sonó y tuvo que atender la llamada. Me miro y no hizo falta decir mas “trabajo, nena, sigue ahora te alcanzo” pasaba muy a menudo, sobre todo cuando mi papa estaba de fiesta. Era lo malo de ser jefe tenia que estar disponible a todas horas.
Ningún boli o lapicero me terminaba de gustar y apunto estuve de elegir uno para dejar en paz al pobre amigo de papa. Era un señor mayor, el traje que llevaba le venia un poco grande y olía a un suave perfume, muy agradable.
- Me quedare este… - dije convencida.
- ¿Te gusta este?, tienes que ser sincera… - me dijo con una sonrisa burlona y me pareció que me leía la mente al tener esa duda de mi afirmación.
- Mmm, la verdad es que no – lo mire cabizbaja esperando algún reproche.
- Lo suponía… veamos – rebusco en sus bolsillos y saco una pequeña llave – acompáñame, si sabes guardar un secreto…
- Mi madre decía que eso lo hacia muy bien – sonreí animada por el juego
- Lo se Beatriz – se giro y se encamino hacia la zona trasera de la tienda.
- ¿Conoce a mi mama? – pregunte intrigada siguiéndolo
- Algo así…
- Y papa, sabrá que nos alejamos… - comente
- Eso tiene que ver con el secreto – y se callo, enigmático, mientras habría una puertezuela – este es mi despacho, aquí guardo algo que quiero regalarte, siéntate.
Algo nerviosa pero con una extraña sensación de que no podía pasarme nada malo me senté en una incomoda silla de oficina delante del escritorio el cual aquel señor usaba para trabajar, el desorden era parecido al que yo tenia en el escritorio de casa. Sobre los papeles dejo una cajita de madera que había rescatado de la tenebrosa y gigantesca estantería que estaba agazapada al fondo del despacho.
- ¿Qué es?
- Es para ti. Tu mama me dijo que te lo diera, es un regalo.
- ¡Un regalo de mama! – grite entusiasmada – ¿pero como, por que no lo mando a casa… ?
- Tu papa piensa que aun eres muy pequeña para tenerlo.
Un regalo de mama! no podía creerlo, nunca mandaba fotos, ni nada, solo los mails. Comencé a temblar nerviosa mientras el anciano, con sumo cuidado, deslizaba el pasador y abriendo el estuche.
En su interior me encontre con un simple lápiz de madera.
- ¿Un lápiz? - mi ilusión se esfumo.
- No es un lápiz cualquiera, Beatriz… es un lápiz mágico – dijo apartándose – cojelo y levántate.
- A mi me parece un lápiz normal y corriente… ¿Qué hace para ser mágico?
- Cojelo y lo veras – insistió
Intrigada lo saque de la caja y lo observe de cerca mientras me levantaba y me apartaba de la mesa.
- Ahora dibuja con el un circulo alrededor de tus pies, eso es, cerrándolo – el anciano observaba como yo seguía sus instrucciones, confiaba ciegamente en mama y me daba igual parecer una tonta – ahora – prosiguió – dibuja al lado otro circulo y escribe dentro “donde esta papa”.
Así lo hice, con la caligrafía de la que me sentía tan orgullosa que mi mama me había ayudado a perfeccionar.
- Ahora salta sobre el.
- ¿Cómo?
- Salta y te llevara donde has escrito, pero recuerda – deje de mirar el suelo pintado y mire al anciano – no sueltes el lápiz mientras lo haces, no lo pierdas y no le hables a nadie de el. Entendido?
Asentí.
- Otra cosa, ni se te ocurra ir a algún sitio que no conozcas, podrías aparecer en medio de una carretera infestada de coches o en medio del mar ¿de acuerdo?. Le prometí a tu mama que si te daba el regalo cuidaría de que no te pasara nada.
- Lo prometo.
- Bien, ahora salta – sonrió – y despídeme de tu papa, espero verte pronto por aquí…
Volví a mirar el circulo con mi frase dentro de el. Cerré lo ojos , apreté el lápiz entre mis dedos y salte.
Al volver a caer al suelo me envolvió de repente un frescor que agradecí. Hacia mucho calor en ese despacho. Frente a mí, al abrir los ojos, me encontré a mi papa de espaldas. Estábamos entre dos estantes en medio de la tienda.
Esa noche tampoco pude dormir.
Al día siguiente, cuando volví del cole, mi papa aun no había vuelto de trabajar. Mirella, mi tata, vino a recogerme. Nada mas llegar se puso a preparar la cena, yo estuve haciendo los deberes en la mesa del comedor, como siempre. Solo que cuando estaba Mirella con migo no podía gritar hacia la cocina mis dudas sobre mates o cualquier otra cosa. Mi papa también me respondía a gritos, era divertido, como dar clase con un profe sordo o en una clase de dos kilómetros de longitud. Mirella no había podido ir al cole como yo cuando era pequeña, así que no podía ayudarme. Mama le había enseñado a leer, y recuerdo una época en la que me empeñe a ser como mi tata y no ir al cole, por que la veía feliz y regordeta de acá para allá y pense que no hacia falta sufrir los madrugones para ser feliz de mayor como ella. Mi mama tuvo una rápida solución para mi equivocado pero, en ese momento, firme decisión. Cada noche empezó a leerme libros y cuentos. Hermosas historias en las que siempre hacia el final, muerta de sueño, se marchaba a la cama impidiéndome conocer el desenlace. No tuve más remedio que volver a querer ir al cole. Cuando aprendí a leer como mama no pude parar de devorar esos cuentos. A veces nos quedábamos hasta la madrugada leyéndonos cuentos…
Esa tarde acabe antes que nunca los deberes, hasta Mirella se sorprendió de lo rápido que los hice, pero como confiaba en mi me dejo subir a mi cuarto a jugar.
Nada más subir y entrar en mi dormitorio cerré la puerta a cal y canto, despacio y sin dejar de mirar el pasillo por si a Mirella le había dado por seguirme.
Una vez cumplido el primer paso me encamine hacia mi armario y revolví las mantas y la ropa de invierno. Atrás del todo encontré mi lápiz mágico. Allí seguía, al verlo volví a respirar tranquila.
Lo saque con cuidado y lo observe durante largo rato. No había inscripciones ni marca alguna. Parecía hecho a mano y aunque estaba reluciente su madera desprendía un aroma a viejo, como los muebles del abuelo.
Realice algunas pruebas con objetos que lanzaba a un círculo dibujado con el destino que quería darles escrito dentro, pero no funciono. Tampoco con Maki, el hámster que tenía papa y al que le gustaba saltar de un lado a otro. Me costo que saltara dentro del circulo donde ponía pies de Mirella, pero tampoco funciono.
Descubrí que solo yo podía hacerlo y que además debía llevar el lápiz en la mano. La cosa mas importante que descubrí fue que las pistas de mi lápiz mágico desaparecían, al cabo de unos minutos los dibujos circulares del suelo de mi habitación o de las hojas que utilice, desaparecían acompañados por un sin fin de estrellitas minúsculas, disipando así el miedo a tener que contar alguna mentira a Mirella o a papa al llenar la casa de circunferencias.
Así que el resto de tarde decidí ir de habitación en habitación probando mi regalo. Alguna vez aterrice de bruces contra una cama y otras veces, cuando no funcionaba, descubrí que había una especie de seguro para no aparecer debajo de algún armario, cama, o algún otro mueble pesado; me tocaba mover de sitio el circulo de destino unos metros a un lado o a otro.
Resultaba aburrido tener un objeto mágico tan chulo y no poder contarlo ni compartirlo con nadie, ni con mis mejores amigas, ni con papa, pero lo había prometido. Se lo había prometido a mama.
Esa noche pensé más que nunca en ella. Pensé que tal vez si escribía “al lado de mama” no aparecería en ningún lugar peligroso. Estaría a su lado en su oficina o arropada junto a ella en su cama.
¿Se enfadaría al haber roto las reglas?, suponía que no… también ella tendría ganas de abrazarme…
Escuche la puerta y la voz de papa saludando al abuelo.
!El abuelo en casa!, ¿por qué no me habían avisado?, no podía estar de paso, su casa estaba lejos, a un par de horas…
Sin pensarlo dos veces baje corriendo las escaleras pero cuando llegue al comedor note a papa muy serio. El abuelo también lo estaba. Estaban hablando de cosas de mayores y los interrumpí, imagine. Al verme los dos sonrieron.
- Hola cariño, ven aquí – mi abuelo me apretujo y me sentó en sus rodillas - ¿Te hemos despertado?
- No, no podía dormir… - Mirella traía en ese momento un par de cafés. Me pregunto si quería un vaso de leche. Asentí. Luego mire a papa - ¿Por qué no me dijiste que venia el abuelo?
- Gracias Mirella, puedes irte a casa – le dijo a mi tata cuando me trajo la leche.
- No prefiere que me quede para... luego… - su tono no me gusto ¿Qué estaba pasando?
- No – papa sonrió agradecido – márchese y descanse.
- ¡Papa! – grite nerviosa e impaciente.
- Beatriz – el abuelo me miro a los ojos – pensaba quedarme a dormir, he venido pasar el domingo con vosotros por que papa tiene algo importante que contarte.
Me asuste. Papa me lo contaba todo sin tantos rodeos.
- Cariño – papa se desplazo en el sillón para estar mas cerca de mi – pensábamos hablar con tigo mañana, a la hora de comer, pero… supongo que este es buen momento.
- ¿Sobre que? – dilo ya papa, pensé.
- Ya eres un poco más mayor y he pensado que… que puedes comprender la verdad – le temblaba la voz
- ¿La verdad sobre que papa?
- La vida, a veces, nena – me hablo el abuelo, casi en susurros - a veces no es como imaginamos o como queremos que sea.
- Beatriz – volví a mirar a papa a los ojos, como el me miraba. Estaba a punto de llorar y yo también – Bea, mama murió hace un año, en un accidente de coche.
Solo escuche el estruendo de mi vaso de leche roto esparcido por la alfombra y los gemidos de Mirella en la cocina.
- Pero…- alcancé a decir, parecía que todo estaba pasando a cámara lenta – no puede ser… mama me escribe, le escribimos…
- La tía Devora me hizo el favor de… bueno, ella es la que te responde – papa, bajo la cabeza, observando como la leche inundaba el suelo.
- Cuando paso, te lo ocultamos – aclaro el abuelo – tal vez no fue lo mas acertado… pero cuando crezcas nos comprenderás mi amor… no puedes esperar eternamente que mama vuelva.
- !No! Estáis mintiendo…- me levante de un salto. No podía dejar de temblar, de llorar – papa dime que es mentira – le suplique.
- No lo es Bea, lo siento, pero…
Mi papa lloraba e intentaba cogerme y abrazarme, yo quería que lo hiciese, pero no le dejaba, ¿Por qué ocurría esto?, por que… ¿por que me habían mentido?
¡Mama!
Sentí miedo, me sentí sola y odie a papa y al abuelo.
- ¡No es verdad, no es verdad! – grite con la poca voz que las lagrimas me dejaba usar.
Me levante y corrí hacia la puerta. La abrí y salí corriendo, me daba igual el frío, me daba igual ir en pijama, no me importaba estar descalza, y hacerme daño, solo quería correr y alejarme de esa pesadilla, mientras me gritaba; ¡despierta, despierta!
Mi papa me siguió, no me gire pero lo oía gritar mi nombre. Me decía que lo sentía que parase, que me iba a hacer daño. Pero no quise, quería estar sola.
La noche anterior había llovido y el verano ya se acabo hace un par de semanas. El helor de la madrugada me estremeció, pero no tanto como el terror de no ver a mama nunca mas.
Llegue a mi parque, donde casi todos los días iba a jugar y me pare, mire alrededor y la noche no me dejo ver nada. Respire, estaba exhausta y me dolían los pies, creo que tenia un par de heridas. Mi pijama estaba sucio y mojado.
Me apoye en un árbol y me acurruque. Empecé a tiritar.
Aquello no podía ser la verdad, decidí. Yo me escribía con ella, y en lo que leía como respuesta estaba mama… sabia que no era verdad… ¿Pero por que me mentirían?, tal vez quisieran que creciera, y no podía hacerlo estando siempre pendiente de mama. O al final papa y mama se hubieran separado como los papas de Cris… a veces papa y mama gritaban mucho… por eso mama se fue y tal vez ya no me quiere…
Llore intentando encontrar la manera de demostrar todo lo contrario, que papa y el abuelo estaban equivocados.
Metí las manos en los bolsillo para entrar en calor y descubrí mi lápiz, casi había lo había olvidado… mi regalo.
¿También seria mentira que mi mama me lo guardo? Ese regalo lo demostraría todo.
Me levante y dibuje en el suelo un círculo que me rodeo.
Mi papa me vio a lo lejos estaba buscándome y yo, oculta por el árbol, había permanecido escondida. Vino corriendo hacia mí al verme, estaba asustado y no paraba de gritar mi nombre.
Dibuje otro circulo al lado del mió y escribí:
“Donde esta mama”
Cuando mi papa llego a mi lado e intento agarrarme por el brazo, yo salte.
Y desaparecí.
Concepto, a grandes rasgos, de una historia que tengo en mente.

1 Comments:
Venga hombre, no me dejes así, ¿que pasa luego? ¿aparece en el cementerio o dentro del ataud? espero que no sea lo segundo, que nada mas pensarlo me da repelús. Realmente ma ha sorprendido tu relato, pero ten cuidado con los derechos... hay mucho espavilao por ahí
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