Tuesday, September 05, 2006

El Tiempo y la espera son la misma muerte


La nave descendía a toda velocidad, a ciegas, en el interior de aquella gigantesca tormenta de arena que parecía no tener fin. Desde que el capitán decidió entrar en la atmósfera de ese desconocido planeta para intentar resolver el problema no dejo de preguntarse si aquella acción tendría el mismo desenlace que si su decisión hubiera sido no hacerlo. Su motor y su eje de dirección gravitatoria estaban quemados y corría el riesgo de ser atraído por algún asteroide, precipitándose contra su superficie, estrellándose sin poder evitarlo. Mas o menos como estaba a punto de ocurrirle en ese instante, con la única diferencia de que intentaba probar suerte en uno de los planetas mas cercanos de su ruta, aparentemente deshabitado, e intentar aterrizar en el.
Solo con la mitad de potencia y sin dirección gravitatoria, seguramente acabaría matándose, con el añadido de que prácticamente no veía hacia donde se dirigía. Puso toda su confianza en lo que en esos momentos eran sus ojos; el sonar que cada vez pitaba mas y mas insistidamente, avisándole de ese modo que el suelo, el final de ese vuelo, estaba cada vez mas y mas cerca. Apretó con fuerza los mandos de su nave y cerro los ojos. Daba lo mismo ver una total oscuridad o un manto de arena revolotear salvajemente frente a el. Puso la mente en blanco y se concentro en el agudo sonido del radar.
Espero y continúo descendiendo unos minutos. Los pitidos ya eran casi uno, su frecuencia no tardaría en ser un único y estridente taladro que acabaría por volverlo loco.
Y espero un poco más.
Justo en el instante en el que, como si de un corazón que dejase de latir se tratase, el sonido se alargo hasta el infinito, el joven capitán levanto con todas sus fuerzas los mandos y los arrastro hacia el, intentando imprimir a su nave sus propias ganas de vivir y no consumirse junto a ella en miles de fragmentos.
El suelo rocoso detuvo su caída. La nave se arrastro por el polvo y la arena rojiza, chirriando, dando tumbos y girando sobre si misma durante un tiempo que se hizo interminable.
Se detuvo en seco, de golpe, tras chocar con una gran roca. Su casco se golpeo contra el cristal de la cabina y fue tan fuerte el impacto que lo dejo sin sentido, sumiéndose en un descanso que duraría horas y que asumió agradecido.
Un radiante sol lo despertó. Al abrir los ojos y mirar al exterior vio un paraje solitario e inerte. Vagamente le recordó a las grandes depresiones de su hogar, pero como si una gran guerra nuclear hubiera arrasado toda la posible vida que hubiera existido.
El cielo y las nubes estaban teñidos de rojo. Todo era arena y roca del mismo tono de la sangre seca. Comprobó el nivel de oxigeno y salio al exterior aliviado al menos por no tener que cargar con el pesado equipo de respiración.
Se encontraba en lo alto de una gran colina y si la nave no hubiera topado con una gran roca posiblemente ahora estaría desparramado por el acantilado que se abría abismal bajo sus pies.
Al otro lado, por donde descendía la montaña, un destello llamo su atención al recorrer sus ojos el horizonte. Tomo sus prismáticos y acerco la vista a una pequeña construcción de metal que descansaba medio enterrada en la arena. Los pasos que le llevaron hasta allí hubieran sido más lentos de no ver como una pequeña antena no dejaba de girar en el techo de la antigua y oxidada construcción.
Una hora después se encontraba frente a ella. Llamo con los nudillos un par de veces, golpeando la gruesa chapa de la puerta. Había cogido su arma y la tenia presente, oculta tras el.
Espero unos segundos y volvió a llamar. Nadie respondió.
Probó suerte y la puerta se abrió.
En el interior la temperatura era más agradable, aquel lugar estaba acondicionado. Las placas solares que vio en el techo sin duda funcionaban y alimentaban aquel refugio de electricidad. Al fondo había seis literas, un pequeño lavabo, un fregadero y una escalera que debía dirigir a alguna clase de nivel inferior. Todo parecía en perfecto orden y bastante limpio, sin duda aquella especie de barracon estaba habitado.
Afuera, oyó unos ladridos. Un perro quizás, pero mas agudo. Se volvió hacia la puerta y saco su arma.
Apunto y espero. Los ladridos se calmaron y fueron sustituidos por unos pasos, pesados y lentos se arrastraban sobre las chapas que simulaban un tosco porche en la entrada.
La puerta se abrió y se cerro de golpe unos segundos después. Polvo y arena inundaron la estancia durante un instante, para caer lentamente al suelo cuando fueron separados del resto de la tormenta que volvía a soplar en el exterior.
Un individuo de su misma estatura, ligeramente encorvado ayudado por un largo trozo de madera que le servia de bastón y lleno de arriba abajo de gruesa y rojiza arena, comenzó a depositar aquel molesto polvo en el suelo del angar mediante fuertes sacudidas.
Después deposito sus enseres en varios ganchos de madera que colgaban de la pared, fue al retirar su capucha cuando el anciano, de unos sesenta años, reparo en su inesperada visita; un joven que lo apuntaba con una reluciente arma.
El capitán, tan sorprendido como aquel supuesto habitante de ese montón de metal centenario en medio de la arena, relajo su tensión al ver como unos antiguos y cansados ojos emergían de detrás de unas sucias gafas elásticas. Ese rostro arrugado y canoso esbozo una sonrisa y extrañamente, quizás por que aquel era el primer humano que el capitán veía en muchos, muchos meses, su tensión y desconfianza desaparecieron y su pistola volvió a su cinto.
De los bajos de las ropas del anciano surgió una especie de animal, un cruce entre un perro y un cerdo, sin pelo, pequeño y nervioso. Fue directo hacia el joven y después de olisquearlo comenzó a saltar a su alrededor reclamando su atención. El anciano se dirigió hacia el fregadero igual de oxidado que el resto del recinto.

- Vaya esto si que es una sorpresa – le dijo – ¿un poco de agua?

- Si… - dudo – perdón por…

- Ho, no se preocupe.

Le tendió un viejo tazón de hojalata. El agua estaba turbia y no era del todo transparente, pero le supo a gloria. El anciano se sentó en uno de los cinco camastros del fondo de la sala, el joven capitán se sentó frente a el y escudriño la ruinosa construcción donde se encontraban. En ese momento el viejo observo las insignias de su casaca. Sus arrugados ojos creyeron haberlas visto antes pero su cerebro se negó a admitirlo.
El capitán no se dio cuenta.

- Por estos parajes - le dijo el viejo perdiendo la mirada en el fondo de su taza - no hay ningún sitio donde refugiarse cuando hay tormenta, y eso es casi todo el tiempo.

- ¿Vive usted aquí?

- Así es joven, yo y Mascota – dijo señalando con la mirada al animal que seguía buscando la caricia del capitán – es extraño, no suele ser tan confiado.

- ¿Mascota?, no es un nombre muy original.

- Bueno, no recuerdo de donde salio, solo se que esta con migo desde hace mucho tiempo… – recorrió con la mirada el viejo habitáculo, una mirada agotada - como todo el resto de cosas…

- No le entiendo.

- Vera joven, no recuerdo como me llamo, no recuerdo ni de donde vengo ni si existió alguna razón por la que vine aquí, si existía alguna clase de vida antes que este paraje muerto y estéril… o tal vez vivo aquí desde mi niñez y este a sido siempre mi hogar…

- ¿No recuerda cuanto tiempo lleva es este planeta?

- No – miro hacia una de las paredes, estaba llena de muescas verticales, cada cinco de ellas las cruzaba una horizontal, señalo su calendario con el bastón – pero hace unos 40 años que comencé a contar los días.

El anciano se levanto pesadamente y tomo la taza del joven junto a la suya. Las enjuago bajo el grifo y mientras busco su rostro en el espejo que descansaba sobre el fregadero.

- ¿Quien eres? – susurro - ¿Quién eres y como has llegado hasta aquí? ¿Desde donde, desde cuando?

- ¿Cómo dice? – el capitán lo miro extrañado.

- Perdón – termino con las tazas y lentamente y con dificultad volvió a sentarse – todas las mañanas le ago las mismas preguntas al desconocido que veo en mi reflejo – sonrió – esperando que algún día se digne a responderme…

- ¿Y a sobrevivido aquí solo todo ese tiempo, como a conseguido alimentarse, como…?

- Aprendiendo, joven. Todo planeta tiene su hábitat, sus ciclos, su vida… aunque como en este se antojen cosas inexistentes. Ay animales que pueden comerse, si se cocinan de una forma en especial, viven bajo tierra, donde, aunque no lo parezca, hay humedad y ríos subterráneos.

- ¿De hay el agua corriente?

- Exacto, y si no fuera por el tipo de atmósfera que quema todo ser viviente y por las continuas tormentas que lo cubren todo de arena este planeta seria un vergel.

- ¿Y este angar?

- Parece una estación de radio, ¿no?, - insinuó mirando alrededor - quizás trabajaba aquí y los demás se fueron o murieron, o los mate – rió – como ve tengo varias teorías. Hay un par de camarotes en el piso de abajo y un garaje detrás, pero los vehículos no funcionan, hay un par.

El joven pensativo comenzó a acariciar a Mascota.

- ¿Como se llama usted? – Señalo las insignias de la chaqueta – tiene usted bastantes galones.

- Ho, no – rió mirando su casaca – solo soy capitán, mi nombre es Xasier, soy capitán del ejército de naciones de la Vía Láctea

- ¿Y que hace en mi humilde hogar?, si no es información reservada, claro… - sonriendo le hizo una seña a Mascota que se subió de un salto a su regazo y se acurruco en el.

- Tuve un problema con mi nave, realice un aterrizaje de emergencia en este planeta, era el mas cercano. Tal vez alguna de las piezas de ese garaje me sirva.

- Sírvase usted mismo. Creo que esos vehículos no se han movido jamás, y aunque lo pudieran hacer en este planeta no hay lugares donde ir. No echare en falta lo que coja.

- ¿No hay nadie mas?

- Nadie, y créame cuarenta años dan para mas de una excursión, pude estar seguro de que estamos solos en este desierto rojo.

- Bien – el joven se levanto incorporándose – anciano… ¿en serio no recuerda su nombre? – el viejo negó con la cabeza. Xasier, pensativo, miro al suelo. Las botas del anciano permanecían aun anegadas bajo una rojiza capa de arena – Arena, señor Arena.

- ¿Cómo?

- Es un nombre, así lo llamare.

- Me parece bien, Xasier…. Me gusta.

- Ahora me gustaría ver ese montón de chatarra de la que me hablo antes.

El trabajo durante las dos siguientes semanas del joven capitán transcurrió entre el angar del anciano Arena y la cima de la colina donde descansaba su nave. Mañana y tarde enfilaba la colina escarpada cargado con toda clase de piezas, conseguidas a base de desmembrar cada uno de los vehículos abandonados del hagar. Por suerte para el no el abandono de dichos vehículos no resuelto un problema. A su vez intento buscar en ellos, en su fuselaje, alguna insignia, alguna pista que arrojara luz sobre el misterioso pasado de Arena. Pero fue inútil.
Vivió, comió y hablo con el. Se convirtió en su repentino amigo. Dos seres igual de solitarios, igual de abandonados, rodeados de igual modo de rocas, de polvo y silencio. Se hicieron compañía, se comprendieron, y extrañamente se complementaron a la perfección.
El anciano sentía curiosidad por lo que para el era el futuro, no hacia más que preguntar al joven, sobre las ciudades, los avances en la medicina, las nuevas razas, los nuevos planetas. El capitán le contó su presente, su vida en el ejercito, la ciudad donde vivía y como le gustaría que fuera su futuro. Y mientras hablaba para el viejo y para si mismo se dio cuenta de que una serie de misiones y viajes lo estaban alejando de la realidad. Lo estaban convirtiendo en un solitario hombre que vagaba por el espacio.

Una noche mientras devoraban el monótono pero sabroso menú diario, Xasier le comunico a Arena que su estancia en ese planeta acabaría al amanecer, cuando amainase la tormenta de arena que a esas horas azotaba el valle.

- En cuanto alcance altura suficiente, fuera de este manto de nubes que nos cubren, tendré cobertura de radio - Miro al anciano a los ojos. Azules como los suyos - Avisare a la flota para que vengan a por usted, estará de nuevo en la civilización dentro de unas semanas.

- No se moleste joven, no creo que mi edad soportara un viaje interestelar… y si lo hiciera, ¿cuanto disfrutaría de esa civilización?, prefiero morir en este planeta que al fin y al cabo se a convertido en mi hogar, anhelando sus historias, que conocer la realidad de un mundo que quizás aya cambiado demasiado para mi…

- De todos modos informare de su situación y le traeremos medicinas y víveres. Estando en contacto, cuando decida cambiar de opinión, podremos volver a reunirnos.

- Gracias, ha sido agradable tener compañía. Si que me gustaría verle marchar.

- Llegar hasta la cima donde esta la nave puede ser una ascensión complicada para usted.

- No se preocupe, lo soportare.

A la mañana siguiente la tormenta amaino, se alejo unos kilómetros para volver mas tarde. Xasier y Arena utilizaron esa tregua para ascender por la colina hacia la nave, entre rocas escarpadas y puntiagudas, gravilla resbaladiza y arena acumulada durante la noche. En un par de tramos Xasier tuvo que cargar con el anciano, que cansado y exhausto, no podía seguir ni con la ayuda de su bastón.
Un par de horas tardaron en alcanzar la cima. La nave, casi mimetizada con el fondo rojizo permanecía fiel, anclada al suelo.
Arena tomo asiento sobre una roca a unos metros del aparato, mientras el capitán levantaba la mampara de cristal de la cabina. Inclinándose hacia el interior del aparato encendió los controles del panel de mandos para hacer las últimas comprobaciones por la parte trasera.
Mientras, Arena se entretenía con su bastón removiendo algunas piedras que descansaban a sus pies. Jugueteaba con ellas, o por lo menos lo parecía.
Xasier comprobó el combustible, limpio el motor de los restos de la reciente tormenta y comprobó los receptores de radio y la dirección gravitatoria. Mientras, pensaba en lo a gusto que había estado conversando con Arena y se dio cuenta del tiempo que había estado sin ver a un ser humano. Cuando volviera a su base de operaciones se tomaría un descanso y volvería a su casa, o por lo menos rechazaría cualquier destino que implicara la soledad que había experimentado y que había visto reflejada en los ojos del viejo. Le aterraba poder acabar como el. ¿Cómo seria capaz de sobrevivir tanto tiempo hundido en esa desértica soledad?, por un momento se vio en esa misma situación, fue una sensación extraña, que duro tan solo unos segundos, pero fue suficiente para comprender que daría cualquier cosa por volver con los suyos, que haría cualquier cosa por poder regresar…
Tal vez fue ese pensamiento el que le hizo volverse y que su mirada buscara al viejo, o tal vez fuera su instinto de supervivencia. Fuera lo que fuera, su reacción fue tardía. El anciano estaba a centímetros de el. La piedra que sujetaba con sus cansadas manos lo golpeo en la cabeza, cerca del ojo izquierdo, en la frente. Xasier cayó al suelo, fue entonces cuando el viejo lo golpeo con el bastón consiguiendo que el joven rodara por el suelo huyendo, mientras se agarraba la cabeza sin dejar de quejarse, alejándose unos metros de la nave.

- ¡Me reconocerán! – gritaba fuera de si - ¡cuando llegue y me vean sabrán quien soy y me reconocerán!

Un dolor insoportable, niebla en los ojos, sangre en las manos.
Xasier logro ponerse en pie e intento ver al viejo Arena. Lo descubrió intentando escalar hasta la cabina.

- Le he prometido que volveré a por usted – murmuro Xasier, mareado y aturdido

Como pudo, avanzo hacia el sobre un terreno inestable y que no dejaba de girar. Desde el horizonte y en un segundo, la tormenta llego sobre ellos. Un torbellino de arena, tierra y pequeñas piedras los envolvió mientras el joven agarraba al viejo por la raída ropa y tiraba con fuerza, con todas sus fuerzas. Arena se agarro a su esperanza, a su necesidad. Como pudo intento evitar que el capitán lo sacara de la cabina y sin querer, torpemente, apretó y estiro de todas las palanca y botones, dotando a la nave de vida. Pero no pudo evitar caer a la arena, caer de nuevo sobre ese infierno del que ansiaba huir. Xavier trepo a la nave, dejando al viejo dolorido sobre la roca, e intento colocarse en su interior. Su cabeza no podía pensar, el torbellino de arena que los envolvía y que le impedía ver se mezclo con los cañonazos que parecían salir de su sangrante herida. Solo se limito a esforzarse por buscar dentro de esa niebla el botón del piloto automático que lo llevaría hasta el satélite de la flota más cercano, después cerraría la cabina y se alejaría de ese maldito lugar.
Pero en el instante en el que presiono el botón azul y la inteligencia electrónica comenzó su trabajo, un agudo y punzante dolor hizo que sus piernas se doblaran y su garganta lanzara un alarido que sonó en todo el valle ganando por un instante a la tremenda tormenta. Cayó al suelo tosiendo, respirando con dificultad a causa del dolor y del polvo que inundaba sus pulmones.

- ¡Yo pertenezco a ese mundo! – grito Arena, furioso, desquiciado, loco – recuerdo ese brillo, esas formas!

- ¡De que demonios habla viejo loco!

- ¡Su casaca!

A su lado vio los pies de Arena que avanzaban hacia la nave. En el suelo vio el bastón, manchado de sangre, su sangre.

- ¡Yo tuve una o la vi antes… creo! – siguió alzando su voz sobre la tormenta – pero me canse de no recordar, me canse de que no me dijera nada y la queme!

Xasier agarro el bastón y golpeo al viejo en las piernas. Un golpe seco, fuerte, de odio.

- ¡Estupido, hace cuarenta años los uniformes no eran así! – sus gritos retumbaron en el valle y en su cabeza, todo ello envuelto en un el silbido ensordecedor de un tornado rojizo

El viejo gimió y se inclino, alejándose de la nave. Xasier se incorporo propinándole un sonoro puñetazo que lo tiro al suelo.
La nave comenzó a emitir un zumbido, un siseo cada vez más fuerte. Comenzó a elevarse unos centímetros del suelo y avanzar entre el remolino de arena. Ninguno de los dos lo advirtió. La arena giraba y giraba, escondiendo el paisaje como si de una espesa niebla de madrugada se tratase.
El joven capitán, con una mano oprimiéndose la herida, cojo y lleno de rabia, avanzo hacia el anciano. Este reculo hasta que no pudo arrastrarse mas, tras el se abría el abismo del precipicio.
En ese instante el joven se detuvo. Sintió algo detrás, a su espalda, un zumbido, un calor inesperado. Al tiempo que se giro, algo metálico y puntiagudo le golpeo en la cabeza, cerca del ojo izquierdo, en la frente. Cayó sin sentido sobre la roca.
La nave siguió avanzando dejando a su piloto sobre la arena, abandonándolo, la cabina se cerró y comenzó a sobrevolar el abismo.
El viejo salto sobre ella. Arena se agarraba como podía a los salientes, a los alerones del fuselaje, pero sus manos cansadas, huesudas y doloridas, no le ganaron la batalla a ese planeta, del que no se podía salir. Tampoco la potencia, la energía de la nave pudo con la tormenta. La arena, fiel y eficaz ejército, inundo cada rincón de su motor. Lo tapono, y lo mato.
El aparato, con Arena aun agarrado a el, callo en picado. La oscuridad lo atrapo y el silencio se lo trago. Solo una débil explosión se escucho, muy lejana, tanto que pareció no haber ocurrido jamás.


Xasier se despertó horas después, casi enterrado por la arena. A ojos de cualquiera parecía como si un cadáver cobrara vida y saliera de su tumba cuando sus brazos emergieron a la superficie.
Y en cierta manera así fue.
Al levantarse su pierna se doblo de dolor. Un fogonazo de luz le nublo la vista y se cayo de bruces de nuevo al suelo. Se apoyo en la arena para levantarse y encontró algo que le sirvió de ayuda mitigando el dolor. Un trozo de madera, un bastón que le sirvió de apoyo.
Como en un sueño, como en un recuerdo extraño, lleno de visiones y de pensamientos que poco a poco se evaporaban, avanzo sin saber que lo hacia, camino sin saber hacia donde, pero sin poder explicárselo ni a el mismo, se dirigía al único sitio donde sabia ir.
Nada mas abrir la puerta del angar un extraño perro lo saludo, le salto y le gimió, pidiendo cariño.
Xasier miro a su alrededor.
Su boca seca le pedía a gritos un poco de agua. Se dirigió hacia la pila de metal oxidado para mojarse la cara.
Pensó que a los dueños de aquel lugar no les importaría que descansara allí un par de horas.
Se mojo la cara y bebió largo rato.
Cuando se incorporo un desconocido lo esperaba frente a el.

- ¿Quien eres? – se dijo susurrando - ¿Quién eres y … como has llegado hasta aquí… desde donde… desde cuando…?

Fuera la tormenta volvió a cubrir el planeta.
El joven rebusco por las estanterías y encontró un botiquín. Intento curar sus heridas, heridas que no recordaba.
Se cambio su ropa, sucia y rota.
Ropa, galones, insignias que no recordaba.
Se quito la arena de encima… eso si lo recordó, pero no le extraño, esa palabra… estaba por todas partes, en cada rincón y por todo el planeta.

- Arena… - susurro

En su cerebro pareció encenderse una chispa.

- Arena – dijo de nuevo

Esta vez no ocurrió nada. Cerro los ojos y busco ese destello, pero había muerto, se había ido. Aun así lo susurro de nuevo.

- Arena…

Pero allí dentro no había nada.

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